Alimentar la ciudad

Alimentar la ciudad

De los Autores. Fotomontaje de la isla de Zorrozaurre en Bilbao como un huerto urbano, productos de alimentos y de energía. 2023

 

01.Ciudad y Comida

El rol de la ciudad tradicionalmente es el de suministradora de alimentos, mercado y centro de distribución y comercio por excelencia. Las ciudades preindustriales mantenían un cierto grado de autosuficiencia. Estaban rodeadas de huertas, frutales, campos de cultivo y viñedos. Muchas familias tenían cerdos y pollos en los patios traseros de sus casas. Aunque la ciudad requería de un amplio territorio para su abastecimiento, su capacidad de producir alimentos mantenía un cierto equilibrio al recurrir a los recursos de su entorno próximo. Este sistema que nutría a las ciudades tiene su quiebra con la llegada de la revolución industrial, que por un lado producirá un aumento exponencial del número de migrantes que abandona el campo y se trasladan a la ciudad, y que por otro lado obligará a una especialización de ambos territorios, estableciendo esa dicotomía entre campo y ciudad. En la actualidad, el 56% de la población mundial habita en ciudades. Se estima que, debido a la continua migración del campo a la ciudad, esta proporción superará los dos tercios en 2050 (Wahba et. al, 2021. pp. 9-10).

Hoy más que nunca, la cuestión de la alimentación cobra especial relevancia en el ámbito territorial. El volumen de comida que ingieren las ciudades tiene escala mundial, puesto que aquello que consumimos llega desde territorios remotos hasta las ciudades. Todos los días, a todas horas, camiones, barcos transoceánicos o aviones transportan comida hasta las ciudades, y no desde un territorio cercano, sino desde la otra punta del globo. Comida que, hay que aclarar, jamás se produce en la ciudad, ya que el sector primario no tiene cabida en lo urbano del mercado capitalista, y menos desde la primera industrialización del campo, donde este papel le fue cedido a lo rural. Algunos datos alertan sobre los desequilibrios de estas operativas, apuntando a que países como Japón importan en 2015 el 61% de los alimentos que consumen (Bonazzola, 2021). A escala urbana, las cifras no son mejores. Londres requiere para su alimentación el 100% del suelo cultivable en Gran Bretaña, teniendo que importar alimentos para el resto de la población del país (Steel, 2020, p.160).

Anónimo. Campo y ciudad en la Barcelona de la Revolución industrial. Arxiu Municipal del Districte de Sant Martí (Barcelona).

 

En esta era urbana, lo rural ha sido olvidado. Sin embargo, supone el 98% del suelo terrestre del planeta (Monbiot, como se citó en Rejón, 2023), siendo los espacios productores y almacenadores de los alimentos de la ciudad, y de otros bienes y servicios como el agua potable o el aire limpio. A menudo se habla del trasvase de población del campo a la ciudad, poniendo el foco sobre los impactos que esa densificación va a tener en los escenarios urbanos. Sin embargo, igual de importante es contemplar la otra cara de la moneda, es decir, considerar qué efectos puede tener el vaciamiento del campo, si es posible desarrollar un abastecimiento de proximidad, y cómo debemos plantear la reincorporación del suelo agrícola en el planeamiento urbano.

02.-Alimentar el Mundo

En un planeta globalizado que se dirige hacia lo urbano, alimentar la ciudad es alimentar el mundo. Desde la ciudad aún existe una mirada bucólica sobre el campo, ocultando la condición de fábrica de alimentos que posee hoy. Lo rural es escenario de transformaciones de escala inconmensurable, donde incentivos fiscales cambian radicalmente los cultivos, donde desaparecen especies, o donde las luchas químicas de los pesticidas y fertilizantes son atroces. Todo esto sucede en el “backstage” de la ciudad, pero al mismo tiempo en un escenario imprescindible para el funcionamiento de ésta. Como Smith (1925) sentenció: “el trigo es un artículo necesario; la plata, en cambio, una cosa superflua” (pp.191). Al fin y al cabo, por muy artificial que sea el entorno construido, la necesidad de alimentarse es una cuestión fisiológicamente inexorable.

La alimentación debe incluirse en los debates sobre el clima y la sostenibilidad medioambiental. Como recoge el informe del foro Davos (World Economic Forum, 2023, pp.7): “la época que vivimos no asegura la seguridad energética y alimentaria”. La industria alimentaria parece haber resuelto el problema del acceso a los alimentos, y queda ratificado en la abundancia de cualquier supermercado. Sin embargo, se ocultan los costes energéticos y medioambientales que este sistema genera. Se estima que la producción de alimentos supone el 70% del consumo de agua a nivel global y que los alimentos viajan una media de 2400 kilómetros desde sus áreas de producción hasta el consumidor final. Tal y como explica Steel (2020, pp. 159): “la industria alimentaria moderna es un cártel translacional y en última instancia, el control del alimento es poder; un poder que desde hace aproximadamente cien años, ha ido pasando poco a poco de manos de los estados, a las garras de un grupo de corporaciones de élite.”

Si a esto le añadimos la despoblación del campo como un elemento que ha bajado la producción en las áreas rurales, es fácil comprobar la inestabilidad del sistema de distribución de alimentos. Factores como la pandemia del Covid 19 o la propia guerra entre Ucrania y Rusia, han alterado el tablero geopolítico y aumentado la tensión sobre estos mercados de distribución (McKinsey, como se citó en Peralta, 2023), un efecto que se mide en el aumento disparado de los precios de los alimentos. Desde la antigüedad es sabido que “quienes controlan el suministro de alimentos están a cargo del soporte vital de la ciudad” (Casiodoro, como se citó en Montari, 2006, pp. 51). Por lo que la pregunta a responder sería cómo alimentar nuestras ciudades con seguridad, garantizando el suministro de alimentos, su correcta distribución, y la sostenibilidad medioambiental y energética de estos procesos vitales.

03. Escenarios Distópicos

La respuesta a esos problemas de producción y distribución de alimentos ha encontrado lugar en el campo tecnocientífico. Transformando incluso el propio lenguaje, se ha dejado atrás el “cultivo” de alimentos para pasar a referirse a la “fabricación” de alimentos. La directora de la Wageningen University (como se citó en Koolhaas, 2020, p.80), preguntada sobre la comida del futuro, describe un panorama cercano al de la ciencia ficción: “en los años 50 y 60, la gente pensaba que los astronautas podrían simplemente tomar una pastilla para alimentarse […]. La producción de vegetales, en el futuro será menos agricultura al aire libre y más agricultura industrializada […]. La base de la agricultura del futuro va a ser la química y la biología más que la mecanización”. Este escenario, que borra por completo el factor más antropológico del acto de comer para reducirlo a la química de las proteínas o las vitaminas, transita hacia un futuro distópico que el cine de ciencia ficción ha relatado mejor que nadie. Ejemplo de ello es la película “Soylent Green”, la cual relata un escenario futurista de la ciudad de Nueva York, cuya población en condiciones infrahumanas crea un alimento sintético para combatir el hambre (Fleischer, 1973).

La tecnología implicada en la producción de alimentos a escala intensiva también ofrece una imagen futurista. Drones y robots laboratorio navegan por el interior de invernaderos analizando las condiciones del aire y de la tierra. Estos espacios durante el día acumulan energía mientras que por la noche emiten una luz de color amarillo o rosado que mantiene la fotosintesis de las plantas. De esta manera, Holanda, un país del norte, con escaso sol, se ha convertido en el segundo exportador mundial de alimentos, sólo superado por Estados Unidos (Ministerio de Agricultura, Naturaleza y Calidad Alimentaria de los Países Bajos, 2018). El paisaje de estos campos nada tiene que ver con el mundo rural tradicional, asemejándose más a una industria petroquímica que a la granja pastoril de nuestra memoria nostálgica. Como cabría esperar, esa artificialidad se traslada también a los alimentos, que ahora se nos presentan como perfectos, sin defectos. Y en aras de esa pureza, han perdido su arraigo, y donde, como explica Steel (2020, pp.379) el sector alimentario “se deshace de la fruta fea y disfraza los despieces de ternera muerta con el fin de no ofender nuestra sensibilidad”.

 

Tom Hegen. Serie “the greenhouses”, 2019 Holanda. CCC

 

Este esquema expansivo holandés, encuentra su eco en la idea de granja vertical dentro de la ciudad. La escasez del suelo urbano provoca que la granja urbana se construya en altura para reducir la ocupación. Los cultivos se producen de forma hidropónica, con la sustitución del suelo agrícola por una solución de base acuosa en la que los sensores comprueban la conductividad eléctrica y miden las proporciones entre los nutrientes. Es posible  criar peces, mariscos y moluscos, reutilizando el ciclo de agua de las plantaciones. Despommier publicó en el año 2010 “The vertical Farm”, un alegato que reivindica el cultivo en altura en la ciudad como una de las posibles alternativas a los desmanes del actual mercado de alimentos. Torres de varios pisos, iluminadas por fachadas de cristal, con iluminación LED nocturna y diversos cultivos sobre el suelo, sistemas de reciclaje de agua, y producción local de energía mediante células solares o turbinas eólicas. Estas  torres constituirán el último paso de un nuevo modelo para lograr la autosuficiencia de las ciudades, de alguna manera iniciado con las cubiertas verdes, los cultivos en la azoteas industriales o los cultivos en terrazas y jardines del ámbito urbano, pero llevado ahora a la escala de un edificio que se levanta como una infraestructura para el sustento de la ciudad.

Rod Hunt. Ilustración para la revista Bloomberg Businessweek para visualizar la Megaciudad 2050, 2018 Nueva York.

 

04. Un Nuevo Modelo

Hemos comprobado cómo la ciudad devora todo el territorio que necesita para abastecerse de energía y alimentos. Cabría reivindicar la gobernanza alimentaria de las ciudades, poniendo en valor la productividad de los espacios verdes de la ciudad, transformándolos en infraestructuras verdes (Batlle i Roig, 2023, pp.162). Estos sistemas permitirían poner en valor los saberes tradicionales que han procurado el equilibrio en esos ecosistemas, manteniendo los cursos de agua, y la biodiversidad dentro de la ciudad. Es necesario repensar los modelos de gestión del espacio público, pudiendo convertirse en nuevos espacios productivos autogestionados por los ciudadanos. Esto plantea una importante contribución a la economía local y de kilómetro 0, e implica comenzar a percibir el paisaje como un lugar útil y productivo. Dinámicas agrícolas como las huertas tradicionales, los viveros o los invernaderos son compatibles con las áreas ajardinadas urbanas.

Retos similares fueron afrontados en anteriores crisis. Durante la Segunda Guerra Mundial, los gobiernos de múltiples países activaron proyectos como el de los “Jardines de la Victoria.” Gracias a estos planes, los jardines domésticos, los parques públicos, los campos de juego de las escuelas e incluso espacios emblemáticos como los jardines de la universidad de Oxford o el parque frente Reichstag en Berlín, se convirtieron en parcelas agrícolas. Los racionamientos impuestos por la escasez generada por la guerra hizo que millones de hogares siguieran estos planes gubernamentales, los cuales contaban con una parte educativa y de asesoramiento para adecuar los cultivos al clima y a las estaciones.

Anónima. Fotografía de huertos urbanos improvisados frente a las ruinas de Reichstag en Berlín tras el final de la II Guerra Mundial

 

Por último, cabría pensar si la masa edificada de la urbe puede ser alterada para convertir los edificios en productivos, para producir energía, electricidad, acumular el agua de la lluvia, y, por qué no, producir alimentos. Las cubiertas de los edificios pueden convertirse en espacios productivos ofreciéndole un manto verde a la ciudad. Desde las pequeñas terrazas, a infraestructuras completas como las construidas por Ilimelgo en la periferia parisina, dan testimonio de la capacidad de la masa urbana para ser un centro de producción de alimentos en el corazón de la ciudad.

En un escenario ideal, estas estrategias de introducción del sector primario en escenarios urbanos podrían concluir con el auto-abastecimiento parcial de nuestras ciudades, desarrollando cierta independencia frente al dinamismo cambiante de políticas globales, con la ventaja de la inmediatez del autoconsumo eliminando el problema añadido del transporte y la logística alimentaria, tremendamente contaminante. En diferentes lugares del planeta, se están lanzando propuestas urbanas que revisitan algunas de aquellas estrategias de tiempos pasados, para transformar las ciudades de un modelo que las convierte en fagocitadoras de territorios, a unidades productivas con un cierto grado de autosuficiencia. Es, por lo tanto, imprescindible reconsiderar el regreso a lo local como una respuesta legítima a los problemas globales de producción, distribución, y consumo de alimentos.

 

 

05. Bibliografía

Batlle i Roig. (2023). Fusionando ciudad y naturaleza. ACTAR, Barcelona.

Despommier, D. (2010). The Vertical Farm, Feeding the world in the 21st Century. Ed: Picador, New York.

Fleischer, R. (Director). (1973). Soylent Green. [Film]. Producida por Walter Seltzer y Russell Thacher.

Koolhaas, R. (2020). Future Food, Countryside a Report. TASCHEN GmbH, Italy.

Ministerio de Agricultura, Naturaleza y Calidad Alimentaria de los Países Bajos (2018). Agricultura y alimentación: los Países Bajos y México. https://www.paisesbajosytu.nl/su-pais-y-los-paises-bajos/mexico/y-paises-bajos/agricultura-y-alimentacion#:~:text=Los%20Pa%C3%ADses%20Bajos%20son%20el,de%20una%20gran%20red%20log%C3%ADstica.

Rejón, R. (2023) George Monbiot: “La carne y la leche son baratas porque permitimos sus daños ambientales y subvencionamos a las compañías”. El Diario. https://www.eldiario.es/sociedad/george-monbiot-carne-leche-son-baratas-permitimos-danos-ambientales-subvencionamos-companias_128_10062812.html

Montanari, M. (2006). La Comida como Cultura, 51. Ed: Trea, Gijón.

Peralta, L. A. (2023). World Economic Forum 2023: ¿sigue vigente el encuentro de Davos? El País. https://cincodias.elpais.com/cincodias/2023/01/14/economia/1673695213_798202.html

Smith, A. (1925). An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations. Vol 1. Ed. de Edwin Canaan, Methuen, Londres.

Silva, E. (2021). La soberanía alimentaria en Japón: estrategias sostenibles en base a importaciones. Instituto de Negocios Internacionales.

Steel, C. (2020). Ciudades hambrientas. Cómo el alimento moldea nuestras vidas. Ed: Capitán Swing, Madrid.

Wahba, T. et. al (2021). Demographic Trends and Urbanization (English), 9-10. Washington, D.C.: World Bank Group.

World Economic Forum. (2023).The Global Risks Report 2023.Ginebra, Suiza

 

 

 

IRUZKINIK GABE

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Iñigo García Odiaga, María Romeo Gurruchaga, Ibon Salaberria San Vicente y Jon Muniategiandikoetxea Markiegi

Iñigo García Odiaga, María Romeo Gurruchaga, Ibon Salaberria San Vicente y Jon Muniategiandikoetxea Markiegi coinciden en la investigación sobre Barrios Productivos de la asignatura Proyectos 8 de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de la EHU/UPV. Interesados en superar la ciudad funcionalista y segregada moderna con nuevas propuestas de barrios que incluyan también la industria, llevan varios años desarrollando diferentes investigaciones sobre esos mestizajes. En la actualidad desarrollan la investigación AgroHiria, una colaboración del Departamento de Arquitectura de la EHU/UPV con el Departamento de Planificación Territorial, Vivienda y Transportes del Gobierno Vasco que atiende la capacidad de las ciudades para ser parcialmente autosuficientes en la producción de alimentos.

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